NOTA DE PRENSA

DIARIO PERFIL, Cultura
DOMINGO 3 de NOVIEMBRE DE 2013.



Fragmentos de una sensibilidad/  por Laura Isola


Los cuadros de Paola Vega son como las nubes. Por un lado, comparten con ellas su morfología dual: son robustas y llenas de materia pero sabemos que podemos atravesarlas como el aire y bajo su apariencia esponjosa y densa no podrían soportar peso alguno y lo dejarían caer. En la serie de pinturas que Vega exhibe en la galería Daniel Abate pasa lo mismo. Son cuadros de gran formato que han sido realizados veladura tras veladura de colores tenues y apastelados. A pesar de que se nota que ha puesto capa sobre capa, muchas, en ningún momento, la consistencia del óleo se vuelve pesada. Por el contrario, aún en sus enormes dimensiones, las pinturas se sostienen con la levedad de una pluma o de una nube. También son como ellas porque pertenecen, al menos, a dos sistemas interpretativos. En el caso de esas formaciones de la atmósfera pueden ser explicadas por la meteorología que les dará sus nombres científicos (cumulus, stratus, nimbus y cirrus) y por la imaginación. Las nubes, como las manchas de humedad, son propiedad de los que imaginan de manera amateur. En ese mismo sentido, sus cuadros pueden analizarse con las referencias que se aluden a la historia del arte y al mismo tiempo, librarse de ellas; dejar que el delirio imaginativo se ponga en marcha. En cuanto, al modo que Vega hace dialogar sus obras con otras es bastante sutil y derivado. Por ejemplo, maneja en esta serie una paleta de colores muy suaves y casi impresionistas: rosados, celestes, grises. Por momentos, cada pieza podría ser un fragmento de otro que fue trabajado en un close up furibundo. Como si quedara un pixelado enorme o el efecto que tenemos cuando entrecerramos los ojos y las pestañas nos empastan la visión. Frente a esos colores que parecen salidos de un cielo de Claude Monet, Vega le opone la abstracción más dura de un Mark Rothko. Esa cita es bastante explícita en tanto la tela en forma de rectángulo que utiliza le viene directamente de este pintor y la forma de cubrir la superficie con capas finas, diríamos que igualmente. Entonces, construye un “impresionismo abstracto” o “abstracción impresionista” para dar cuenta de su propio estilo. Si bien esta artista que nació en Bahía Blanca viene haciendo un itinerario por los caminos de la abstracción, esta reciente producción se radicializa, en sentido que sus cuadros prescinden de un punto de apoyo referencial. “La posibilidad”, pensaron con Verónica Flom, curadora y autora del texto que acompaña a la exhibición, que sería un buen título. Justamente por esa noción misma de alternativa que da la palabra. Un poco enigmática, tal vez, porque la posibilidad viene acompañada y se completa la frase con el “¿de qué?” Como con las nubes, cada espectador podrá dar la suya propia. En la sala hay un banco que es vital para completar la experiencia de la obra. Hay que sentarse, en analogía a tirarse panza arriba para adivinar las imágenes que construyen las nubes, y dejarse llevar por lo que se ve. Se recomienda no oponer resistencia para que el ojo vaya y venga, venga y vaya y conecte con lo que nos pasa al momento de percibir los colores y las leves formas que se agazapan entre los trazos. Para tener en esas manchas todo cuanto uno quiera. Que como en el cuento “La mancha de humedad” de Juana de Ibarbourou pueden ser montañas echando humo, pipas de cristal que fuman los gigantes, río y selvas y hasta oír cómo chillan los monos y gritan los guacamayos.

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